La redención de Mauricio Cataldo, El Hombre de la Rabona Mágica

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Tenía tanto talento que estaba llamado a marcar una época en el balompié chileno, pero no supo vivir en las alturas. Sus adicciones y sus constantes indisciplinas terminaron por eclipsar aquellos goles de rabona que amenazaban con volverse inmortales. Tras tocar fondo, el floridano trata hoy de iniciar una nueva vida. Aquella que, dice, Dios le había encomendado

Sabe de lo que habla porque habla, sin tapujos, de lo que se siente al tocar fondo. O, más bien, de lo que ya no se siente. De todo lo que se deja de sentir. De lo amarga que resulta la derrota después de haber saboreado las mieles del triunfo prematuro, de los peligros y las terribles consecuencias que comporta el vivir al límite.  Y eso es lo que trata de transmitir ahora, en su particular discurso previo al inicio del entrenamiento, a las decenas de niños que se han congregado hoy, como cada miércoles, en la recóndita cancha La Calvo de la Población Los Navíos. Porque es aquí, en este olvidado escondite de la Comuna de La Florida, donde se ejercitan los alumnos y alumnas de la escuela de fútbol Mauricio Cataldo.

Un lugar simbólico -decisivo casi- a la hora de tratar de entender la historia de quien da nombre a este centro formativo, de quien imparte de manera gratuita estas clases.  El lugar en donde comenzó todo, en donde se fraguaron el nacimiento y la caída de un jugador que parecía condenado a tener que llegar mucho más alto. “Aquí es donde yo me crié cuando era niño. Casi toda la vida la hice aquí en La Florida. En la Población La Matucana, en la Villa Las Mercedes. De ahí vengo yo”, comienza a rememorar Cataldo, frunciendo el ceño al hablar, como si le costase esfuerzo desenterrar aquellos recuerdos, como si le doliese demasiado.

“Fue una infancia difícil. Yo me acuerdo que cuando niño andábamos recogiendo aquí en los hoyos fierros, comíamos pan duro y esas cosas. Y hoy es igual, porque uno anda por ahí y ve a toda la gente angustiada. Las mujeres con la pasta base, los jóvenes todos flacos. Y uno no quiere que los niños y las niñas que están en la escuela de fútbol vivan eso”, prosigue, con gesto serio, antes de evocar la imagen de uno de los principales responsables de la fundación de su escuela  de fútbol, concebida para facilitar el acceso al balompié a jóvenes en situación de vulnerabilidad social y que hoy cuenta con nada menos que 70 alumnos:  “Cuando era chico,  había una persona en Santa Raquel que se llamaba José Luis y que nos iba a buscar a la casa para poder llevarnos a jugar a la pelota. Hacía un trabajo hermoso. Y ahora yo hago algo parecido a lo que hacía él”, explica.

A las seis de la tarde, la pelota comienza a rodar sobre el pasto sintético de la cancha La Calvo bajo un cielo gris por el que consiguen filtrarse, no sin dificultad, algunos rayos de luz.

Mauricio Eduardo Cataldo Mancilla realizó su debut en el fútbol profesional en Chile  en 1998, en las filas del Audax Italiano.  Su talento, su exquisita técnica y su capacidad de improvisación lo convirtieron pronto en uno de los jugadores chilenos con mayor proyección de futuro. Pero su presente, lejos de las canchas, era muy distinto.

“El alcohol empezó de niño. Fue desde niño chico que empecé a ingerir alcohol. Después, cuando no podía ya aguantar mi cuerpo, cuando ya no me daba cuenta de lo que hacía con el alcohol, empecé a consumir cocaína. Y en ese momento tú crees que mejoras, pero terminé hecho pedazos”, confiesa Mauricio Cataldo, antes  de comenzar a relatar los desgarradores pormenores de su proceso autodestructivo, acelerado por sus adicciones y sus redundantes actos de indisciplina: “Yo en ese tiempo era el mejor jugador de Audax, pero siempre llegaba atrasado y con alcohol, o no llegaba a entrenar y me inventaba cosas. Yo tomaba hasta el día viernes y ahí el sábado hacía un gol y ya estaba listo. O le daba un pase de rabona a Cabañas en el Nacional. Te salían esas jugadas y uno decía: ‘no, la otra semana voy a seguir la misma’. El diablo te engaña y llegas a tomar eso como cábala. Son las cábalas del diablo”, asegura.

Unas cábalas, como él mismo acierta a definirlas, que eran ya, a comienzos del nuevo siglo, demasiado graves como para poder ser tomadas a la ligera y demasiado recurrentes como para poder ser atajadas a tiempo. Su carrera profesional empezaba a desmoronarse, a consumirse sin remedio.

A tanta velocidad, que las pequeñas joyas de autor que el jugador iba dejando, de cuando en cuando, para el recuerdo de la hinchada chilena, terminaban quedando irremediablemente abocadas a un segundo plano. Incluso aquel memorable gol de rabona que el 15 de junio de 2003 Cataldo le convirtió a la U, desde una posición casi inverosímil, defendiendo la camiseta de Universidad de Concepción: “Dios me dio ese gol maravilloso en tiempo de angustias, cuando yo era alcohólico”, manifiesta el Cata.

No puede evitar que una leve sonrisa se instale en su semblante al rescatar de los escombros de aquellos años algunos de sus mejores momentos deportivos:  “Todos recuerdan aquel gol, pero tengo otros que no suelen salir en los videos que muestran siempre. Jugadas de cuando daba pases de gol  hasta con el taco. O de espaldas. Se la levantaba a un defensa y quedaban todos botados. Jugadas maravillosas”.

Acciones, todas ellas, tristemente ahogadas por su propio alcoholismo. Ese mismo que le obligó también a abandonar el fútbol profesional antes de tiempo, en 2012, a la edad de 32 años.

“Yo me di cuenta de que había tocado fondo cuando me quedé botado, cuando nadie me quería. Había perdido mis hijos, en ningún lado me recibían como antes, como cuando era futbolista profesional y era uno de los mejores jugadores chilenos. Cuando era más fácil encontrar mujeres porque tenías auto y todas querían subir arriba de ese auto. Así era aquel mundo, un mundo lleno de mentiras. Y ahí fue cuando me di cuenta de todo y dije: ‘Señor, heme aquí, empiece a cambiar mi vida”.

Apocalipsis y resurrección

Es jueves y en la Iglesia Cristiana Metodista Pentecostal de María Elena, situada a algunas cuadras de la cancha, está a punto de comenzar el culto. Sentado en una de las bancas del fondo, Cataldo cierra los ojos mientras aguarda el comienzo de la ceremonia. La religión ha sido su salvavidas. “Cuando lo perdí todo, me fui a internar un año a una clínica de desintoxicación. Y duré un día. Mi mamá me fue a buscar. Dijo que eso no era para mí y se puso a llorar. Era un lugar cristiano y yo supe que Dios me iba a cambiar ahí. Y me cambió en un puro día”, asegura el ex itálico, quien lleva ya cinco años limpio, “sin probar una sola gota de alcohol”. Regresó hace poco a Santiago tras protagonizar un largo peregrinaje por el sur del país.  “Anduve en varios lados predicando en las calles. En Chiloé, por ejemplo, el señor me ocupó en las plazas. Allí estuve sólito, con Dios al lado”, reconoce, antes de ponerse en pie para  comenzar a participar de la celebración evangélico.

La ceremonia ha comenzado a las 19.30, al son de unos acordes de guitarra, pero no es hasta las 20.00 que los fieles repletan el recinto. “Mete tu hoz y siega; porque la hora de segar ha llegado pues la mies de la tierra está madura”, reza un fragmento del libro del Apocalipsis, inmortalizado sobre el altar principal.

Un altar en el que Cataldo clava insistentemente su mirada entre oración y oración, entre canto y canto, como tratando de encontrar aún algunas respuestas a su pasado, como queriendo purgar su culpa. Su futuro, sin embargo, luce mucho más esperanzador: “Ahora tengo todo ordenado”, manifiesta el ex volante, quien trata de compatibilizar hoy su labor en la iglesia y sus actividades en el fútbol amateur (como jugador en el Atlético Amistad y como formador de futuros futbolistas), con su nueva empresa profesional, la Cata Windows Clean, constituida hace poco más de un mes y especializada en la limpieza de vidrios.

Una vida sencilla con la que el hombre de 37 años cree haber alcanzado al fin la redención que tanto buscaba: “Ahora soy una persona nueva y me está gustando por primera vez todo lo que hago. Las cosas podrían haber sido muy diferentes, pero yo lo veo como que era un propósito de Dios. Yo hubiese podido ser el mejor jugador de Chile, lleno de plata, pero no estaría aquí trabajando con los niños del barrio”, sentencia, una vez concluido el culto de más de dos horas de duración, el nuevo Mauricio Cataldo, sonriendo al atravesar el umbral de la iglesia y regresar a las calles en sombra que tan bien conoce.

Denís Fernández L.

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