La culpa es del empedrado

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Lo que más se ha repetido en estos días es que fue sólo un error, y un error lo comete cualquiera.

Muchos defienden al jugador aduciendo que es joven, que estaba estresado, etc. y por tanto se le debe perdonar. Durante los últimos meses varios políticos han reconocido que han cometido errores, que nunca han roto la ley.

¿Cuando será el día que a las cosas las llamemos por su nombre?. Tanto en el caso de los políticos como del jugador de futbol, no han sido sólo errores sino delitos. Un delito es un crimen, y quien lo comete es un criminal. Aunque se quiera justificar, esa es la realidad. Estamos frente a criminales en la política y en el deporte.  Y parece que las conductas son reiteradas en ambos casos. ¿A qué se debe esto? Algo que sabemos es que uno actúa conforme a lo que es. El criminal no es criminal porque rompe la ley; rompe la ley porque es criminal. Alguien no es mentiroso porque mienta; miente porque es mentiroso. El pedir “perdón” por un error, sin reconocer que es un delito, es una cobardía. Y el que otros lo excusen para que las consecuencias no sean tan graves es una irresponsabilidad. La señal que como sociedad estamos dando es que no importa lo que en realidad somos; y lo que hacemos no es grave a menos que nos pillen; y aun en esos casos el asunto se podría manejar.

Ahora bien, es esperable que un delincuente se quiera excusar, pero lo que parece sorprendente es que los demás quieran justificar al delincuente. Vemos esa actitud tanto en los partidos políticos como en Sampaoli, aunque por motivos diferentes, pero con la misma esencia. Quienes justifican a sabiendas se convierten en cómplices, osea, criminales también.

Estas situaciones muestran lo que somos como sociedad, y nuestras acciones lo evidencian: buscamos justificar nuestra conducta y la de otros; no queremos reconocer lo que somos en realidad ni decir las cosas por su nombre; minimizamos la gravedad de nuestros actos y afectamos a toda nuestra sociedad; le echamos la culpa al empedrado.

Es así como actuamos como sociedad frente a Dios y las leyes que Él ha establecido para nuestro bien. Las rompemos día a día, y cuando estamos a punto de pedir perdón genuinamente, los demás tratan de convencernos de que no es tan grave, que solo son errores, que merecemos otra oportunidad, que el problema no está en uno y damos como señal que todo es relativo. Tratamos de evadir la responsabilidad y no queremos aceptar las consecuencias de lo que somos y lo que hacemos. Y claro está, preferimos llamar error a lo que Dios llama pecado.

Artículo de Andrés Casanueva

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